¡Somos lo que comemos!

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¡Somos lo que comemos!
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Todas las personas pueden deducir fácilmente las dos primeras características que puede tener la comida, pero la tercera, por desgracia, es menos conocida.

Seguramente un osteópata, no tiene el título para desempeñar el papel de consultor alimentario, aunque consciente de la importancia del equilibrio bioquímico para la salud de nuestro cuerpo y para encontrar la curación en caso de enfermedad, en mi opinión, tiene que conocer muy bien los efectos colaterales de la alimentación tradicional. Me refiero a la clásica dieta de hoy en día, o peor aún, al frecuente abuso de alimentos obtenidos con materias primas refinadas junto con aditivos y que han pasado por varias etapas de cocción.

En mi opinión, el osteópata debe ser consciente del verdadero significado de la palabra “alimento”, cuáles son los alimentos más adecuados para nuestro bienestar orgánico y psíquico, y luego informar al paciente sobre lo que puede hacer por su salud a través de una dieta adecuada.

El desequilibrio bioquímico puede frustrar incluso el mejor de los tratamientos osteopáticos.

Ejemplo práctico: se puede ejecutar el mejor de los tratamientos para el estreñimiento, tal vez también actuando sobre el componente emocional que a menudo subyace a esta disfunción, pero si la persona no bebe la  cantidad apropiada de agua y tiene una disbiosis intestinal, habrá una desaceleración crónica del tránsito intestinal. Tendremos muchas más probabilidades de conseguirlo si combinamos al enfoque osteopático un aporte neuropático con el objetivo de restaurar y mantener el equilibrio de la flora bacteriana y determinar la dieta  adecuada para el paciente.

Definición de alimentos

En primer lugar, debemos recordar que no es lo que comemos lo que nos nutre, sino lo que digerimos.

La nutrición intestinal se lleva a cabo por la trasformación de los alimentos en el tracto digestivo, por medio de un proceso de fermentación conocido por el nombre de digestión.

El valor de un alimento no sólo depende de su composición química, sino sobre todo por su grado de digestibilidad.

La comida indigesta, en lugar de alimentar, intoxica, permaneciendo demasiado tiempo en el intestino, en  este ambiente a alta temperatura y con poco oxigeno, realiza un proceso de fermentación excesivamente largo que aparte los gases, genera ácidos y toxinas que progresivamente entrarán en circulación dando en algunos casos, síntomas inmediatos ( creo que a todo el mundo le haya pasado percibir un cansancio mental y físico después de una comida demasiado abundante y rica en alimentos indigestos) y a la larga, síntomas más o menos evidentes debidos a un desequilibrio bioquímico ( un deportista se podría quejar de rigidez mio-articular y tendinitis , obtendrá seguramente beneficios adoptando una alimentación rica en alimentos alcalínicos o mejor aún, reduciendo drásticamente aquellos ácidos).

También la ira, preocupación, miedos, falta de descanso y de ejercicio físico, respiración superficial, fármacos, polución, radiaciones etc. Son factores acidificantes, pero en este breve artículo nos ocuparemos sólo del factor alimentario por ser uno de los elementos que da mayores resultados en unos tiempos relativamente breves, consiguiendo a menudo  estimular al paciente a hacer cambios en otras áreas si fuera necesario.

Sobre el pH

El pH mide la acidez o la alcalinidad de una solución líquida. La escala ácido-alcalino va desde = 0 (extremadamente ácido) a 14 (extremadamente alcalino) , el punto 7 es el punto neutro.

Cada punto de más o de menos equivaldría a un incremento de 10 veces; por lo cual la acidez de un nivel de pH de 5 es 10 veces mayor que un nivel de pH 6.

La sangre humana es ligeramente alcalina, de hecho tiene un pH comprendido entre 7,30 y 7,45 y nuestro organismo tiene que mantenerlo así para permitir la vida y la salud del cuerpo.

Los líquidos orgánicos son todos ligeramente alcalinos, sus valores están entre un pH de 7,1 (la saliva de un hombre sano) y un Ph de 8,3-8,8 (los jugos pancreáticos). Para el intestino delgado tenemos un pH de 7,5-8,00.

La orina debe tener un pH ácido alrededor de 6. Un poco más después de las comidas y más básico después de horas de ayuno.

En el ambiente gástrico tenemos un pH extremadamente ácido; de poco inferior del 1,00 al 3,50.

Existe un mecanismo llamado “sistema tampón” que regula el equilibrio de los ácidos y de las bases contenidas en la sangre y en nuestro organismo (sobre todo en el tracto entérico). Esto es debido gracias  al sistema renal y pulmonar por la sangre y a lo largo del tiempo por el tejido óseo, del cual, por ejemplo se toman bicarbonatos entre los cuales el calcio para tamponar el acidez intestinal causada por la digestión de alimentos acidificantes como la leche y sus derivados.

En el 1966 la Dr. Lynda Frassetto de la universidad de California en San Francisco descubrió que con el avanzar de la edad, después de los 45 años, perdemos gradualmente los tampones alcalinos –bicarbonatos- en nuestra sangre. Una cantidad insuficiente de bicarbonatos en nuestra sangre reduce nuestra capacidad de gestionar (neutralizar y descargar) los ácidos que nuestro organismo produce. Esta es una de las causas principales del envejecimiento.

45 años es la edad media en el cual los seres humanos (en los países industrializados) empiezan a mostrar signos o peor aún, los primeros síntomas de diabetes, hipertensión, osteoporosis y muchas otras patologías degenerativas.

Y puesto que ya no podemos manejar todos los ácidos producidos, los acumulamos en nuestro cuerpo bajo forma de colesterol, ácido graso, ácido úrico, uratos, fosfatos, cálculos renales, cálculos biliares, etc.

Las investigaciones indican que si el nivel de pH del cuerpo no es ligeramente alcalino, la cura de  cualquier condición patológica es mucho más difícil. 

Por otra parte, con un equilibrio ácido-base alterado, se reduce drásticamente la absorción de vitaminas, minerales y oligoelementos, es decir, aquellos micronutrientes presentes en mínima cantidad, pero que son esenciales para mantener y recuperar la salud.

En lugar de alimentar, los alimentos poco digeribles, aunque ingeridos en cantidades bajas, producen toxinas y ácidos que fatigan nuestro aparato digestivo, disminuyendo gradualmente su eficacia. También cuando no vienen neutralizados o expulsados con las secreciones corporales, tales compuestos dañinos, son almacenados en los tejidos alternando su funcionalidad.

Por lo tanto resulta fácil entender como una alimentación correcta sea fundamental para mantener en buen estado nuestro sistema digestivo y por lo tanto el estado general de la salud.

Para averiguar si nuestra alimentación es más o menos ácida desde algún año se ha introducido el concepto de “Pral” (carga renal ácido potencial de un alimento).

Sobre la base de una anatomía universalmente común, sobre una fisiología justificada de la embriología, el osteópata realiza técnicas de normalización, cuya finalidad es devolver una mejor movilidad a las estructuras tratadas, pero también para volver a informar al organismo, por vías neuronales aferentes, para conseguir posteriormente una respuesta más fisiológica.

El osteópata entonces facilita la expresión-manifestación de las fuerzas terapéuticas inherentes al organismo. Pero cuando el cuerpo del paciente presenta un equilibrio bioquímico alterado por una alimentación inadecuada, la curación será como mínimo ralentizada si no imposible.

Osteopata por la Michigan State University en el College of Osteopathic Medicine, inscrita en la (AACOM)

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